La Salta que Tavella imaginó

Andrés Gauffín
abril 11 /2017

Cuentan quienes lo conocieron, que Roberto Tavella acostumbraba saludar con un “Arriba España” a los inmigrantes españoles. Monseñor había sido consagrado primer arzobispo de Salta en los años previos a la guerra civil española y en los cuarenta admiraba el Estado católico español instaurado por el general Francisco Franco.

El proyecto político de Tavella buscaba adecuar instituciones y leyes a lo que él consideraba la identidad religiosa de Salta.

No bien había asumido sus funciones en 1935 fue recibido por la “sociedad salteña” –así lo cuenta su biógrafo Arsenio Seage- en el Club 20 de Febrero. El hecho ya anunciaba que sus funciones no iban limitarse a la atención pastoral de la grey católica.

Llegado desde Entre Ríos, su provincia natal, Tavella se formó enseguida una imagen propia de Salta, y en ella de la función de la “sociedad” que se había apurado a recibirlo.

“Todo el Norte tiene en evidente oposición la aristocracia con el pueblo… Esta clase superior descendiente directa de las familias españolas no pudo nivelarse con el pueblo criollo, en gran parte descendiente puro del indígena”, dejó escrito en un bosquejo de ensayo que citó después su biógrafo.

Se rodeó desde el primer día con integrantes de esa sociedad y le asignó significativas tareas, como la de escribir la historia que probara la identidad católica de Salta. No podía ser otra la misión del Instituto de Estudios Históricos San Felipe y Santiago que el arzobispo fundara en los primeros años de su desempeño episcopal.

El proyecto político de Tavella buscaba adecuar instituciones y leyes a lo que él consideraba la identidad religiosa de Salta. “La separación de la Iglesia y el Estado en un país cristiano y de mayoría católica, era para él una dicotomía absurda y en pugna con los comunes orígenes de las naciones hispanoamericanas”, comentaba Seage tras la narración de un viaje de Tavella a Iquique, en la que monseñor no había tenido una cálida recepción municipal.

En Salta lograba otras respuestas. Uno de sus primeros éxitos había sido que la comisión directiva de la Liga de Fútbol anunciara la suspensión de cualquier partido oficial durante los días 14 y 15 de septiembre: a su criterio no sólo el Estado, tampoco los clubes de fútbol podían desentonar con la identidad religiosa de la provincia.

Pero desde el comienzo de su mandato, Tavella tuvo en claro que la educación católica en las escuelas públicas de Salta era el puntal de la unidad de Iglesia y Estado. De hecho, recién consagrado obispo había escrito un ensayo sobre los “derechos de la Iglesia y el Estado en la educación de la juventud”. Allí explicó las razones por las que la Iglesia debía reclamar su derecho a enseñar su doctrina en las escuelas estatales.

En ese texto abundan las citas de distintos papas, pero sobresale una del papa Pío XI. “Es derecho inalienable y a la vez deber suyo (de la Iglesia) indispensable, vigilar sobre toda la educación de sus hijos –los fieles- en cualquier institución, oídlo bien, pública o privada, no sólo en lo referente a la enseñanza religiosa allí dada, sino también en toda otra disciplina o disposición en cuanto se refiere a la religión y a la moral”.

Era cierto que ya para 1935 la enseñanza de la religión católica en las escuelas públicas era una práctica extendida en Salta, pero Tavella se tomó muy en serio la enseñanza del papa que lo había designado obispo y se convirtió en su férreo defensor, contra cualquier aventura laicista.

El perfil enjuto de su monumento de Avda. del Bicentenario y Paseo Güemes, permite imaginar su estilo de cruzada, la de aquellos que están convencidos que todas y cada una de sus actuaciones están avaladas por Dios.

Tavella, sin embargo, no sólo quiso defender y propagar la enseñanza de la religión en las escuelas públicas, sino que fomentó la creación de nuevas instituciones educativas dependientes del arzobispado, como el Instituto de Humanidades y el propio Bachillerato Humanista Moderno, con el aval inicial del mismísimo presidente Perón, el mismo que poco después lo mandara clausurar.

No es para nada una ironía de la historia que políticos egresados del Bachillerato fueran impulsores claves de leyes que –más de cincuenta años después de la muerte de Tavella- respaldaran su proyecto de escuelas públicas.

Para muestra, basta un botón… La ley de educación provincial –calificada ahora como inconstitucional por la Procuración de la Nación- que manda que la educación religiosa se brinde dentro de los horarios de clases y con supervisión de las autoridades religiosas, no se hubiera podido promulgar en 2008 sin el aval del joven gobernador, casi recién asumido, Juan Manuel Urtubey, egresado del Bachillerato creado por Tavella.

Que su cuestionado inciso ñ del artículo 26 mande que “los contenidos y la habilitación docente requerirán el aval de la respectiva autoridad religiosa” significaba, significa aún, el triunfo de la visión de Tavella de los años 30, sustentada en las enseñanzas de Pío XI.

Tal vez los padres de alumnos que fueron a la Justicia contra la aplicación de la ley de Urtubey y que derivó en el dictamen de la Procuración, estén diciendo que el pueblo de Salta ya no es el mismo que creía ver el arzobispo en los inicios de su mandato episcopal. Aunque la clase dirigente local tenga todavía hoy demasiado en común con aquella sociedad que rodeaba a monseñor.

  • Andrés Gauffin, periodista
    afgauffin@hotmail.com