Los femicidios y la época

Antonio Gutiérrez
junio 3 /2015

“Serás mía o serás de nadie”, es común que digan los hombres violentos a sus novias o esposas un tiempo antes de cometer el feminicidio. “Serás mía o serás de nadie”, como si acaso fuera posible poseer a una mujer o que una mujer pudiera ser realmente de alguien. Nunca lo será, no obstante las actuales promesas de posesión y completamiento que el capitalismo, en relación con el discurso de la ciencia, hacen a los sujetos.

El psicoanálisis y la violencia de género.

El actual incremento de la llamada “violencia de género” no es ajeno a los otros modos de violencia que pululan en la superficie contemporánea y obedece a las lógicas de la época.

Pueden existir sí muchas relaciones sexuales, encuentros y desencuentros amorosos, vínculos más estables o menos estables, pero, como dice el psicoanalista Jacques Lacan: “no hay relación sexual”, es decir, correspondencia absoluta entre los sexos, equivalencia, posesión del otro. La no aceptación, por parte del hombre, del hecho de que “no hay relación sexual” (aunque pueda haber muchas relaciones sexuales), suele terminar hoy en el asesinato.

La frase “serás mía o de nadie” revela la no aceptación de la falta estructural. El capitalismo actual, asociado al discurso de la ciencia, ha hecho creer que se puede saldar la falta constitutiva del sujeto humano, es decir la castración, y de que “todo es posible”. En el vacío de la falta estructural constituyente de la dimensión subjetiva, están hoy los objetos creados por la tecnología que, a manera de fetiches, prometen la anulación de la grieta estructural del sujeto. De esta manera lo que se presenta en muchos casos es la intolerancia a la frustración, la no aceptación de la pérdida, la ilusión de la posesión irrestricta del objeto amoroso, la creencia de que puede haber un objeto prometido, armónico a la pulsión.

El actual incremento de la llamada “violencia de género” no es ajeno a los otros modos de violencia que pululan en la superficie contemporánea y obedece a las lógicas de la época. Sin embargo es válido hablar de la violencia de género como una violencia específica, ejercida sobre el cuerpo de la mujer, ejecutada con saña, destinada a ultrajar el cuerpo femenino, dirigida hacia lo que implica la mujer, es decir, una violencia perversa que intenta renegar de la castración simbólica y que conlleva un odio al vacío estructural de la condición humana, a la falta constitutiva del sujeto, a la “no relación sexual” de la que hablaba Jacques Lacan, principalmente en este tiempo en que la perversión del discurso capitalista, que se plantea como un discurso sin pérdida, quiere hacer creer a los sujetos que el todo es posible, que es posible completar el conjunto de los significantes, en síntesis, que es posible dar por tierra con la condición de ser castrado.

La economía psíquica edificada en torno de la “represión” freudiana y del sometimiento a los imperativos del “deber ser”, es decir, el goce en la neurosis, dio paso hoy a una organización libidinal donde el mandato ya no es la represión ni las ataduras a los ideales morales, sino la exhibición impúdica del goce sin recortes ni condicionamientos, es decir, la perversión. O mejor dicho; las ataduras superyoicas siguen intactas y los ideales se prosiguen pero con otros rostros: los viejos preceptos fueron reemplazados por los actuales, donde prevalecen los ideales de éxito, consumo, individualismo, anulación de la falta, etc.

Lo que está en el horizonte no son los ideales ni las representaciones psíquicas del objeto, sino la relación directa, no mediatizada con ese objeto que debe ser poseído a cualquier precio, irrestrictamente y sin pérdida alguna. Dicho en palabras más sencillas: existe ahora una cierta imposibilidad para representarnos las cosas, cierta dificultad para utilizar la dimensión metafórica del lenguaje y crear una historia, un relato, una fantasía que nos permita hacer más soportable la frustración y tolerar la pérdida.

Además, hay violencia ahí donde la palabra pierde su eficacia y lo simbólico fracasa en su función de mediación y pacificación. Da la impresión de que el lenguaje comenzara a perder su dimensión metafórica y deviniera hoy en un mero sistema de signos iconográficos que se utilizan para señalar las cosas circundantes, a la manera de los íconos de las computadoras, sin un valor de representación.

El aumento exponencial de la violencia es en definitiva consustancial a la declinación de la función pacificadora de la palabra y a la dificultad actual para el alojamiento del sujeto en el Otro. Frente a esa ausencia de inscripción del sujeto en lo simbólico, lo que se produce son los “pasajes al acto”, las descargas directas, los golpes, la agresión al semejante. La actual violencia de género se inscribe también en las nuevas formas de los síntomas, caracterizados todos ellos por esa dificultad para hacer pasar el malestar y la frustración por el desfiladero del lenguaje.

Por eso la violencia de género, si bien es una violencia específica ejercida contra lo que implica la mujer, no debería ser considerada en forma descontextualizada de las actuales condiciones de lo social y de los otros tipos de violencia. El aumento exponencial de la violencia llamada de género, no deja de ir en la misma dirección que el crecimiento de la violencia en los estadios de fútbol, las psicopatías en el tránsito, las peleas en las discotecas, la agresividad en la vía pública, el desborde del consumo de drogas, el crimen organizado, etc., y se inscribiría en un actual trasvasamiento y franqueamiento de los límites que incluye la descomposición del lazo social y la prevalencia del “más allá del principio del placer”, o sea, la pulsión de muerte.

Es decir, esa violencia que hoy nos alarma, no deja de ser consustancial a las lógicas neoliberales y a la fase actual del capitalismo, a su imperativo de desregulación en todos los órdenes de la vida cotidiana y a su mandato de un goce sin restricciones ni límite alguno. No se trata entonces de un resto de primitivismo que no alcanzó a pasar por el tamiz civilizatorio sino de un efecto paradójico de la misma civilización, es decir, del movimiento circular de lo simbólico que, a través de una vuelta sobre su eje, parece retornarnos hoy a aquellos inicios violentos de los que prometía sacarnos.