Roca y Maldonado

Por esos mismos excluidos de nuestro Sur

octubre 18 /2017
Dr. Carlos María Romero Sosa

No soy partidario de derrumbar estatuas. Ni de trasladarlas como se acaba de hacer con la de Juana Azurduy. Pero tengo una propuesta sobre esos mismos excluidos de nuestro Sur y sus reivindicaciones siempre postergadas.

Sobre impulsar un movimiento para que se ponga un busto a Santiago Maldonado próximo a la estatua de Julio Argentino Roca.

En el caso concreto del bronce ecuestre del general Julio Argentino Roca emplazado en la intersección de Diagonal Sur y las calles Perú y Alsina en Buenos Aires, es sabido que desde tiempo atrás hay un movimiento de opinión que postula su retiro a iniciativa del historiador y periodista Osvaldo Bayer, que dicho en lunfardo “la sabe lunga” sobre injusticias sociales y matanzas a manos de los poderosos.

Ese repudio a Roca se lo viene haciendo en solidaridad con los pueblos originarios aniquilados en la Campaña del Desierto, de sus sobrevivientes de entonces reducidos a servidumbre en la isla Martín García y de sus descendientes invisibilizados hasta hoy, más allá de la letra de la Constitución Nacional según su reforma de 1994.

Pero al respecto será de convenir que la historia tiene varias caras que hay que saber y sobre todo querer mirar. Y que al más que moralmente discutible jefe militar de aquella lucha desigual con el aborigen, financiada por la Sociedad Rural Argentina; el que en tanto símbolo de poderío perpetua su estatua acorde con un relato que lejos está de admitir con Ezequiel Martínez Estrada en Muerte y transfiguración de Martín Fierro”, que “la matanza final de los indios dio razón a las armas de fuego y a la fuerza, pero no a la justicia”, cabría oponer la figura del político astuto, buen conocedor de los hombres que en 1898 supo advertir el genio de Leopoldo Lugones al ver nomás al escritor.

O mejor del estadista bajo cuyo mandato se sancionaron leyes como la de educación 1420, que impulsó Sarmiento. Aquel Roca que designó por lo general ministros progresistas de la talla de Eduardo Wilde, de Luis María Drago, de Osvaldo Magnasco, incluso del católico cordobés Manuel Pizarro que propugnó la creación de escuelas de artes y oficios para capacitar a los trabajadores con miras a su elevación, un proyecto efectivizado recién en la primera década del siglo XX. Y sobre todo de su Ministro del Interior Joaquín V. González, que impulsó el primer proyecto de Código de Trabajo en 1904 y cuya reforma electoral para la Capital Federal permitió la llegada del socialista Alfredo Palacios a la Cámara de Diputados de la Nación.

Por supuesto que hubiera sido menos conflictivo un monumento al dos veces presidente bajo el lema en 1880 de “Paz y Administración”, luciendo ropas civiles y no al guerrero con el que parte de la población de la Patagonia, no precisamente los hacendados, tiene aún cuentas pendientes: “Si no se ocupa la pampa, previa destrucción de los nidos de indios, es inútil toda precaución, escribió el General al ministro Alsina.

Palabras y hechos bélicos subsiguientes que hacen más que comprensible el repudio a Roca mencionado al comienzo. Sin embargo, frente a la trágica circunstancia que la sociedad acaba de corroborar: la muerte en situación confusa del joven Santiago Maldonado, aunque indudablemente solidario con esos mismos excluidos de nuestro Sur y sus reivindicaciones siempre postergadas, propongo que próxima a la obra escultórica del artista uruguayo José Luis Zorrilla de San Martín, se descubra un busto de Santiago Maldonado para homenajear su idealismo y espíritu de libertad, valores capaces de contrapesar en algo o en mucho -lo dirá el futuro- el secular y oscuro dominio del capitalismo internacional y las oligarquías nativas sobre los sufridos habitantes de la Tierra Azul: Calfu Mapu , en lengua mapuche.

Carlos María Romero Sosa
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