Una carnereada bizarra

Dr. Carlos María Romero Sosa
febrero 27 /2017

María Eugenia Vidal y una operación mediática para atacar a los docentes.

No por repetida es menos cierta aquella rectificación marxista a un precepto de Hegel, en el sentido de que si los hechos de la historia universal se repiten, tal lo sostenido por el filósofo de Stuttgart, ocurren primero como tragedia y después como farsa, según lo expuso el filósofo y revolucionario de Tréveris en la obra “Dieciocho de Brumario de Luis Napoleón”.

Los "rompehuelgas" de antaño

Sobre los presuntos voluntarios decididos a romper la huelga docente dispuesta por las organizaciones que representan a los maestros.

De considerar entonces la vigencia de este último precepto, qué otra cosa puede decirse en la Argentina del ajuste macrista, de la risible autopostulación, a través de las redes sociales, de un grupo –y “grupo” seguramente también en el sentido lunfardo de mentira- de presuntos voluntarios decididos a romper la huelga docente dispuesta por las organizaciones que representan a los maestros para el 6 y 7 de marzo próximo.

Una medida de fuerza que se decidió después de que el gobierno de la provincia de Buenos Aires, más allá de los mohines mediáticos de la señora Vidal, se mantuvo firme en ofrecer sólo el 18% de aumento con una presunta cláusula gatillo por si se dispara la inflación este año, dejando de lado la pérdida salarial sufrida el 2016.

La delirante oferta de concurrir a las aulas “para que los chicos no pierdan días de clase” -“no soy maestro pero seré voluntario,” escribió en un “tweet” alguien en la versión más bizarra del realismo mágico nativo-, por parte de personajes de existencia real o no, es algo que debería avergonzar a todos: “El macrismo puso en marcha una operación mediática para atacar a los docentes a través del call center que suele utilizar para hacer el trabajo sucio en las redes sociales”, denunció la Unión de Trabajadores de la Educación (UTE).

Aunque farsa y payasada como suena a las claras, no deja de traer a la memoria el recuerdo, ese sí que infausto, de los rompehuelgas de antaño, en los tiempos heroicos de las primeras luchas sindicales en el país. Por ejemplo aquellos contratados por la fábrica metalúrgica Vasena para sustituir a los obreros de paro en la tristemente ocultada por décadas Semana Trágica de enero de 1919, ocurrida bajo el gobierno radical de Hipólito Yrigoyen.

O algo después los “carneros” ofrecidos a los patrones preocupados por el ausentismo revolucionario por la parapolicial Liga Patriótica Argentina de Manuel Carlés, una contradictoria y polémica figura pública de las iniciales décadas del siglo XX –el Poder Ejecutivo Nacional lo designó Interventor Federal en Salta, cargo que ocupó entre agosto de 1918 a enero de 1919-, que sin embargo fue autor de la primera ley de jubilación obrera en la República Argentina, correspondiente a los trabajadores ferroviarios, proyecto que elogió Alfredo Palacios en su libro “La justicia social”.

Hay cosas con las que no se debe jugar y una de ellas corresponde a los legítimos reclamos ajenos. Tanto más que nadie a la fecha, tampoco la gobernadora bonaerense según se la escuchó decir, pone en duda la justicia de la pretensión del sector a la que no obstante considera instrumentada en forma política, como si no fuera también una decisión política su negativa a darle curso.

Los docentes argentinos, y sobre toda las docentes, vienen desde lejos sufriendo todo tipo de postergaciones y marginaciones. Al respecto convendría releer la novela de Manuel Gálvez “La maestra normal” publicada en 1914. Pero si sucesivas administraciones no han dado en la tecla con una vía de solución al tema educativo, contexto en el que el salario de sus trabajadores no es algo menor, será porque no ha habido en el pasado ni existe ahora voluntad política de cerrarlo.

Y eso que la historia reciente marca hechos paradigmáticos de la lucha docente, desde la Marcha Blanca de CTERA (Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina) de 1988 y la Carpa Blanca instalada frente al Congreso Nacional durante el menemismo, a las declaraciones, movilizaciones y huelgas de los últimos años; y no es ocioso recordar que la mismísima presidenta Cristina Kirchner trató poco menos que de vagos a maestros y maestras en una alocución televisiva.

Entre tanta promesa incumplida y eslogan de campaña sin voluntad alguna de realizar desde el poder, porque habrá que atender las prioridades de los grupos de presión y las corporaciones vinculadas al sector financiero internacional, debiera la ciudadanía rescatar y homenajear un nombre: el del profesor Alfredo Bravo, aquel militante socialista y abanderado de los derechos humanos designado secretario de Educación por el doctor Raúl Alfonsín.

Había sido en 1973 secretario general de CTERA y cuando la entidad se declaró en huelga en 1987, Bravo cruzó el espacio que separaba al alto funcionario del viejo luchador sindical y ex desaparecido durante la dictadura. Sin más, y sumado al hecho de estar en desacuerdo con las leyes de obediencia debida y punto final, renunció al cargo convencido de la justicia del combate que entablaban sus antiguos compañeros docentes con los que no quiso enfrentarse.

En tiempos en que las estadísticas son uno de los poderes más reverenciados, cabe preguntarse cuántos Alfredo Bravo precisa esta Argentina de la decadencia, el acomodo, la “transfugada” y, para peor, de tanto “zonzo con mando” al decir del padre Leonardo Castellani.

  • Carlos María Romero Sosa