«Que falta de respeto, que atropello a la razón», diría Discépolo frente a los reiterados y bochornosos episodios de censura a un grupo de artistas de nuestra ciudad. Escribo estas líneas con indignación y con vergüenza ajena, luego de observar el lamentable blanqueo del mural pintado en una pared del Club General Pizarro, sobre calle Esquiú, en la ciudad de Orán. Y del intento de blanquear por enésima vez el mural de la Plaza de los Jóvenes. Pero los persistentes operativos de borradura no provienen de vándalos callejeros, como pudiera creerse, sino que son ordenados desde algún lugar del poder, como han podido comprobar los propios artistas, asediados absurdamente por la policía como si fueran delincuentes. Tales episodios, tan extraños en tiempos de democracia, merecen todo nuestro repudio, no solamente porque cercenan el derecho a la libre expresión que tienen los ciudadanos -sean artistas o no-, sino porque cancelan de manera intempestiva y autoritaria cualquier discusión posible en torno a los problemas planteados en sus mensajes.
Esta actitud regresiva nos remite al tiempo medieval de la Santa Inquisición, al período de la Alemania nazi o, viniendo más cerca, a los duros años del Proceso militar, cuando estaba en vigencia el grado cero de tolerancia.
Pero resulta que todo esto ocurre durante un gobierno supuestamente «popular» y aquí, en una región agobiada por la pobreza y la destrucción del medioambiente, donde muchos jóvenes recurren a la drogadicción y al suicidio por la falta de horizontes, donde los responsables -directo o indirectos- hacen oídos sordos a tantos reclamos sociales; donde es necesario apoyar y fomentar las artes como una forma de abrir espacios para el crecimiento espiritual de nuestros jóvenes.
Sobre estos temas dan cuenta los murales aludidos; son gritos de alerta pintados en la pared; mensajes para reflexionar, para discutir, para romper con nuestro letargo de siglos, nuestra eterna siesta. Porque el artista no solamente debe ocuparse de la belleza de las flores, sino también de las inquietudes más profundas del pueblo, por más lacerantes que sean. «El artista es un ser político que vive pendiente y consciente de todos los acontecimientos -desoladores, de actualidad o placenteros- que ocurren en el mundo y reacciona ante ellos», dijo alguna vez Pablo Picasso. Y seguro que es así. Además, el artista muchas veces se adelanta para señalarnos aquello que nos demoramos en ver.
Ahora bien. Entre las expresiones más absurdas que alguien esgrimió para justificar la eliminación del mural que mostraba a los niños víctimas de la droga y del suicidio (una realidad dolorosa y actual que golpea a nuestra comunidad), estuvo aquella que acusaba a la indefensa pintura como «Apología del delito». Será interesante revisar algunas situaciones similares del pasado y del presente para decidir si esta acusación es acertada o no.
Veamos algunos ejemplos. Durante la antigüedad, en Grecia se ponía en escena los dolores, vicios y pasiones de los hombres, concluyendo con la muerte de todos los personajes. Y eso no era una «apología de la muerte», sino una «Tragedia», la más alta expresión del teatro clásico griego. Porque durante estas representaciones se producía la catarsis del espectador. Hacia el siglo XIV el gran escritor italiano Dante Alighieri compuso su célebre obra literaria «Divina Comedia» , donde describe los tormentos y dolores más horribles del Infierno. (Por eso actualmente, para calificar una escena de horror desproporcionado se dice «escena dantesca», por Dante). Sin embargo, nadie se atrevió calificar a esta obra como una «apología del tormento», sino que es considerada la creación más acabada de la Edad Media.
Avanzando en la Historia, el gran artista español Francisco Goya pintó en el siglo XIX los horrores de la guerra producida por la invasión francesa a España, siendo el cuadro «Fusilamiento del 3 de mayo de 1808» el testimonio más crudo de la violencia ciega de los soldados. Sin embargo, la obra no fue calificada como «apología del fusilamiento», sino que figura entre las obras más valiosas del Museo del Prado. Lo mismo ha ocurrido con las obras de Cándido López, el pintor argentino que plasmó en cuadros las batallas y muertes de la Guerra de la Triple Alianza.
Viniendo al siglo XX, una de las obras más geniales de Pablo Picasso es «Guernica», que retrata del cruel bombardeo a la población civil de Guernica por parte de aviones alemanes en 1937. El cuadro muestra cuerpos despedazados, gritos, caballos desbocados y niños aterrorizados, y sin embargo nadie lo interpretó como una «apología de la muerte», sino que se convirtió en el grito antibélico más trascendente del siglo.
Finalmente cabe recordar el célebre «Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas», presidida por el escritor Ernesto Sábato, obra conocida como NUNCA MAS, donde se describe con crudeza el secuestro, la tortura y la muerte de miles de argentinos durante la Dictadura Militar que padeció nuestro país. ¿Esto también es una apología de la tortura? Por supuesto que no. La publicación de esos testimonios del horror en un libro solo busca, como el mismo título lo anuncia, que no vuelva a ocurrir algo así.
Por lo tanto, acusar de «apología del delito» a los artistas que solo intentan plasmar en una pared la realidad circundante es un lamentable despropósito. El verdadero crimen está en lo contrario, en borrar arbitrariamente las obras pictóricas, en blanquear las paredes que dan cuenta de la realidad, en privar el derecho a expresión a un ciudadano. No es vendando los ojos al pueblo como se podrá llegar a la solución de nuestros problemas más acuciantes. La gravedad no está en el cuadro sino en la realidad que refleja. Allí es donde deben actuar las autoridades para dar una respuesta.
Señores: es hora de concluir con esta lamentable apología de la insensatez. Cien ojos los están mirando. Y un dedo no puede ser más importante que cien ojos.
Fuente: semanario Intrusos de Orán.
Vergara dirige actualmente la publicación cultural Cuadernos del Trópico, revista semestral que tiene también un espacio en la web: http://www.cuadernosdeltropico.com.ar








