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¿Por qué Javier Milei no cae?

Cuando la comunidad se atomiza en individualidades virtuales, la oposición no se define y el pasado inmediato sigue funcionando como amenaza, el estallido se cancela. Para comprender por qué pese a la caída en las encuestas, los graves casos de corrupción y el escándalo continuo el gobierno de Javier Milei sigue conservando núcleos esenciales de gobernabilidad, es preciso abandonar los prismas del siglo XX.
La comunidad atomizada

¿Por qué Javier Milei no cae?

Cuando la comunidad se atomiza en individualidades virtuales, la oposición no se define y el pasado inmediato sigue funcionando como amenaza, el estallido se cancela. Para comprender por qué pese a la caída en las encuestas, los graves casos de corrupción y el escándalo continuo el gobierno de Javier Milei sigue conservando núcleos esenciales de gobernabilidad, es preciso abandonar los prismas del siglo XX.

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1) Hablemos claro: Milei es un experimento que empezó por una sucesión de malos presidentes, peores decisiones y terminó como una experiencia tan compleja que no es solo económica, sino también sociológica, psicopolítica y algorítmica. Pero vayamos por partes:

2) La desintegración de la causalidad

El relato libertario ya ha logrado su triunfo metodológico más importante: divorciar el dolor actual producto de su gestión, de su responsabilidad. Para su base, el colapso no es la causa de las medidas de Milei, sino el costo inevitable del «tratamiento médico» frente a la herencia recibida. Desde allí, el sufrimiento no se vive como un castigo, sino como una purga con propósito épico.

3) La muerte del escándalo por saturación

En la era del hiperestímulo y el scroll infinito, los escándalos éticos o los episodios de bajeza humana tienen una vida útil de 24 horas antes de ser sepultados por el siguiente meme. A los líderes outsiders se les vota precisamente por romper la estética de la norma; la moral tradicional ya no es un activo político vital, no siquiera computable.

4) La atomización del tejido social

Los estallidos históricos (como el de 2001) requirieron una infraestructura organizativa: sindicatos y movimientos de base. Hoy, la deslegitimación de los intermediarios tradicionales los neutraliza frente a la opinión pública, si mismo tiempo que la economía de plataformas (el delivery, el autoempleo digital) confina al individuo a sufrir y competir solo en su pantalla.

5) El vacío absoluto de la alternativa

Un gobierno en retroceso no cae al vacío; cae cuando hay una estructura lista para heredar el poder. La oposición está cometiendo el error de asumir que aún queda tiempo para definirse y que puede seguir boxeando contra fantasmas.

Pero ante la ausencia de un horizonte creíble, la falta de identidad de la oposición (mejor, peor, con o sin… pero identidad al fin) opera como una invitación a un salto sin red.

6) El hackeo del ecosistema psicotecnológico

El oficialismo no administra la realidad analógica, gestiona la interfaz digital. Mientras la economía real cruje, la batalla cultural provee enemigos diarios («el comunismo», «el kirchnerismo», «el peronismo»…) para mantener movilizado el sesgo de confirmación.

Todos conocernos a un votante de Milei que prefiere tolerar la asfixia antes que admitir la derrota cognitiva de haberse equivocado.

Pero la realidad es que en el barco viajan 47 millones de argentinos cuyo sistema de gobierno ya no se mide solo en índices de precios, sino también en la capacidad de formatear la paciencia colectiva a través de incentivos psicológicos y dispersión digital.

Que Milei no esté en un banquillo dando explicaciones demuestra que las sociedades modernas pueden soportar niveles extremos de asfixia material si el dolor ha sido dotado de un sentido poderoso y la oposición carece de autoridad moral para gestionar y dirigir la rabia.

En algún punto es simple: cuando la comunidad se atomiza en individualidades virtuales, la oposición no se define y el pasado inmediato sigue funcionando como amenaza, el estallido se cancela. Que Milei no caiga y que la Argentina no estalle tiene que ver con esto.

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