Aparece también cuando una persona mayor no es escuchada en una consulta médica, cuando se la infantiliza en una oficina pública, cuando se la trata como una carga en la familia o cuando se habla de los jubilados solo como un gasto y no como personas con historia, derechos y dignidad.
La edad no quita derechos.
La edad no quita valor.
La edad no quita sueños.
La palabra edadismo viene del inglés “ageism”. Fue utilizada a fines de la década de 1960 por el médico y gerontólogo estadounidense Robert Butler para nombrar una realidad que ya existía: el prejuicio contra las personas por el solo hecho de tener determinada edad. Butler advirtió que, así como existían el racismo y el sexismo, también existía una discriminación basada en la edad. Ponerle nombre fue importante, porque lo que no se nombra suele quedar oculto.
Décadas después, la Organización Mundial de la Salud explicó que el edadismo se expresa en tres planos: en los estereotipos, es decir, lo que pensamos sobre una persona por su edad; en los prejuicios, es decir, lo que sentimos; y en la discriminación, es decir, cómo actuamos. Por eso el edadismo no es solo una palabra técnica. Es una experiencia concreta que puede afectar la salud, la autoestima, la participación social, el trabajo, el acceso a derechos y la vida cotidiana.
El edadismo en el deporte
El edadismo también aparece en el deporte. En estos días, cuando Lionel Messi está por cumplir 39 años, se vuelve a escuchar la pregunta: “¿Hasta cuándo va a jugar?”. Messi no es una persona mayor, pero el modo en que se habla de su edad nos permite ver cómo funciona este prejuicio. A veces, la edad se usa como una lupa que agranda la duda y achica el reconocimiento.
Si hasta un talento extraordinario como Messi debe responder una y otra vez a la sospecha de la edad, imaginemos lo que ocurre con una persona común de 60, 70 u 80 años cuando busca trabajo, pide atención médica, reclama una jubilación digna o simplemente quiere ser escuchada.
Messi nos deja una enseñanza que va más allá del fútbol: los años no solo restan velocidad; también pueden sumar lectura, experiencia, serenidad, inteligencia y oficio. El cuerpo cambia, pero el valor de una persona no desaparece.
La dignidad no se jubila.
La voz no se jubila.
El derecho a participar no se jubila.
Por eso, hablar de edadismo es hablar de nuestros jubilados, de nuestros padres, de nuestros abuelos y también de nuestro propio futuro. Todos, si tenemos la bendición de vivir, vamos a envejecer. Y la pregunta que deberíamos hacernos como sociedad es sencilla: ¿Queremos llegar a la vejez en un país que descarta o en un país que cuida?
La lucha contra el edadismo también tuvo movimientos sociales emblemáticos. Uno de ellos fue el de los Panteras Grises, nacido en Estados Unidos en 1970, impulsado por Maggie Kuhn, una mujer obligada a jubilarse a los 65 años. En lugar de aceptar el silencio, decidió organizarse. Su mensaje era claro: las personas mayores no son invisibles, no son inútiles, no son un problema. Son memoria viva, experiencia acumulada y fuerza social.
Vejez y derechos humanos
En América Latina, esta mirada también tiene respaldo jurídico. La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores reconoce que la vejez debe ser vivida con igualdad, autonomía, participación, cuidados y dignidad. Esto significa que no estamos hablando solo de sensibilidad, sino también de derechos humanos.
El edadismo lastima porque convierte una etapa natural de la vida en una marca de descarte. Lastima cuando se burlan de una persona mayor por no manejar la tecnología. Lastima cuando se decide por ella sin preguntarle. Lastima cuando un jubilado debe elegir entre remedios, alimentos o pagar una boleta de luz. Lastima cuando se olvida que detrás de cada arruga hay trabajo, amor, pérdidas, aprendizajes y una vida entera sosteniendo a otros.
Combatir el edadismo no es tener lástima. Es tener respeto. Es dejar de mirar a las personas mayores como pasado y empezar a verlas como parte activa del presente. Es entender que una sociedad verdaderamente humana no mide a las personas por su productividad económica, sino por su dignidad.
Envejecer no debería ser sinónimo de desaparecer. Envejecer debería ser una forma de seguir perteneciendo. Porque una sociedad que descarta a sus mayores también está descartando su memoria. Y un pueblo sin memoria pierde el corazón.








