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Emilio Mignone, un cristiano de ley

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Señor Director:

El sacerdote Fernando Emilio Mignone, que reside en Vancouver (Canadá), ha creído del caso, recientemente, expresarse en forma pública sobre el ideario cristiano que guió al doctor Emilio Fermín Mignone, ejemplar defensor de los Derechos Humanos en su integridad, cuando hacerlo era jugarse la vida.

Nada queda por agregar a tan testimonial recuerdo y a lo aclarado sobre la visión sagrada que de la existencia humana profesó siempre su padre, fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) desde donde tanto se batalló durante los “años de plomo” por la vigencia del Estado de Derecho. Lo conocí apenas, presentado en noviembre de 1984 por el comediógrafo y dirigente socialista José Armagno Cosentino, en la sede de las Universidades Populares Argentinas con motivo de la aparición de un libro de relatos colectivo titulado “Cuentos del Proceso”.

Recuerdo que en ese acto donde fueron oradores el jurista y político demócrata cristiano Guillermo F. Frugoni Rey y Emilio Mignone, éste inició su charla participando al auditorio sobre la corrección de las pruebas de un texto de Instrucción Cívica que había confeccionado destinado a la juventud.

A renglón seguido reafirmó su condición de católico y explicó que de esa fe, que otrora lo impulsó a militar en la Acción Católica, provenía el compromiso con los Derechos Humanos; lo cual no le impidió y por el contrario le dictó denunciar en “Iglesia y dictadura” (1986) la connivencia de ciertas jerarquías con el poder militar responsable de torturas y desapariciones como la de su propia hija, la catequista Mónica Mignone, de 24 años, secuestrada el 14 de mayo de 1976.

Después de ese día de finales de 1984 lo vi muchas veces en la misa vespertina de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmelo, junto a su esposa, Ángelica Paula Sosa, “Chela” como se la conocía familiarmente y en los ambientes de resistencia a la dictadura. Comulgaban ambos y quedaban largo rato de rodillas orando. Luego, tomados del brazo, caminaban por Santa Fe rumbo a su hogar a la altura del 2900 de esa avenida. Nunca me atreví a saludarlos. Nunca quise interrumpir el estado de elevación espiritual que trasmitían.

Atte.

.*Carlos María Romero Sosa

(Esta carta también se publicó en

La Prensa, el 6 de septiembre de 2011).

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