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Cristales rotos

Derecho, ciencia espacial y poesía

“Y es de poeta licenciarse en astros”, escribió Carlos Obligado en su romance Nocturno, incluido en “El poema del Castillo” (1938), donde evocaba las enseñanzas astronómicas de su abuelo materno, un integrante por cronología, inquietudes y actuación pública de la Generación del Ochenta. Ignoro si conocía o no esa composición cierto joven abogado y Doctor en Derecho cordobés graduado en la Universidad de Buenos Aires en 1949.


Podría aseverar en cambio que impactó al mundo científico del momento, la difusión en los periódicos nacionales e internacionales de su presentación al VII Congreso Internacional de Astronáutica, reunido en Roma en 1956. Era nada menos que la primera tesis mundial sobre Derecho Espacial, luego traducida a varios idiomas y titulada: “Método para una investigación de los problemas jurídicos que plantea la conquista del espacio interplanetario”.

Aplicó allí la teoría de la relatividad de Einstein, para resolver el tema de la vigencia del Derecho en el espacio cósmico y es de tener en cuenta que aún restaba casi un año para el inicio de la llamada “Era Espacial”, con el lanzamiento el 4 de octubre de 1957 del Sputnik I por la Unión Soviética.

Ese jurista de notable formación en múltiples campos científicos, incluso de las ciencias duras, se llamaba Aldo Armando Cocca y falleció en la soledad del coronavirus en su ciudad natal el 13 de agosto último, próximo a cumplir noventa y seis años.

cocca2.jpgFue publicista fecundo, profesor universitario en el país y el extranjero, diplomático de carrera, Embajador de la Argentina ante la Comisión del Espacio de las Naciones Unidas, consultor de la UNESCO, presidente de los Tribunales Internacionales de Arbitraje del INTELSAT, primera corte espacial, Secretario de Cultura de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires de 1958 a 1961, bajo la intendencia del arquitecto Hernán Giralt, designado en la función por Arturo Frondizi, convirtiéndose así en uno de los jóvenes que acompañaron esa gestión presidencial, junto al Canciller Carlos Alberto Florit, el Secretario de Educación Antonio Salonia, el directivo de YPF Rafael Beláustegui, el Consejero de las Embajadas Argentinas en Berna y Montevideo Félix Luna o el funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores adscrito a la presidencia de la Nación, Albino Gómez.

Desde su cargo en la Secretaría de Cultura porteña, Cocca promovió la creación del Planetario de Buenos Aires “Galileo Galilei”, finalmente inaugurado con su presencia en calidad de invitado, el 20 de diciembre de 1966.

La compenetración que poseía en la legislación y jurisprudencia nacional, los tratados internacionales y el derecho comparado no era mero tecnicismo. Su saber apuntaba como norte a la Justicia, el Progreso Social –acuñó el concepto jurídico “Patrimonio Común de la Humanidad”- y la Concordia entre las naciones, aquel incumplido ideal kantiano. A ello obedecía, por ejemplo, su afán por promover que se fundaran en el consenso democrático entre los Estados las decisiones de los organismos supranacionales como la UN; una postura de la que fue abanderado igualmente el ex Canciller de Lonardi, Mario Amadeo, en los años setenta del pasado siglo miembro permanente no gubernamental de la comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, con asiento en Ginebra, desde donde tanto bregó por aclarar las desapariciones forzadas de la última dictadura.

Otro empeño de Aldo Armando Cocca era el reconocimiento como derecho humano al acceso a las telecomunicaciones tan desarrolladas a partir del empleo de satélites, un principio igual que otros suyos recogido en la Resolución 37/92 de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Empero sus preocupaciones académicas de fondo humanitario, valoradas y aceptadas en foros internacionales, no le impidieron y por el contrario lo impulsaron a elevar los ojos hacia el cielo en las varias ciudades de sus destinos diplomáticos y docentes, como Seúl en cuya Universidad fue profesor visitante según me comentó en la Sociedad Argentina de Escritores la tarde del 21 de septiembre de 1995, cuando tuve el gusto de acompañarlo en el acto de conmemoración de los cincuenta y dos años de la aparición de su primera novela.

Por lo demás, bien cabe suponer que aquellos firmamentos extranjeros serían menos estrellados que el de su provincia, donde parecen tocarse los planetas y constelaciones que antaño observó y cartografió el sabio Benjamín Gould, quien fuera entre 1871 y 1885 director del Observatorio Astronómico fundado por el presidente Sarmiento. Y no es casual que ese cielo inspirara a otro doctorado en leyes, esta vez en la Casa de Trejo: Arturo Capdevila, su “Libro de la noche” -que prologó el físico y matemático José B. Collo en 1917- y al que Martín Gil, también abogado, político y escritor, dirigiera desde las primeras décadas del siglo XX el telescopio instalado en su casa de la avenida Argentina 104, tanto para indagar los misterios cósmicos cuanto para pronosticar a sus comprovincianos sobre los fenómenos climáticos que se avecinaban.

En cambio de uno y otro oficiantes a un tiempo de las letras y devotos de la musa Urania, Cocca tuvo oportunidad de ser testigo de la gran aventura humana de llegar a la Luna y del encaminar las grandes potencias y últimamente hasta empresas privadas, los esfuerzos científicos, tecnológicos y económicos para poner en las próximas décadas el hombre en Marte.

Humanista al que nada le resultaba ajeno, tan pronto brillaron sus dotes de historiador en libros de la enjundia de “Los estudios universitarios del general Paz” (1946) y “La primera escuela de leyes” (1949), como el instinto y la ciencia del jurista en “Voto femenino” (1947), un estudio sobre la ley 13.010 y sus antecedentes, elogiosamente comentado a poco de aparecer, en la Revista de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales por Vicente Osvaldo Cutolo, en dato presente en la Bibliografía Comentada del doctor Cutolo, reunida por Mario Tesler.

Más tarde Cocca dio a la imprenta entre muchos más volúmenes que enfocan aspectos del Derecho Público y Privado: “La evolución de la matrícula y el registro en el derecho internacional”, “Teoría del Derecho Interplanetario”, “Las fundaciones”, “El derecho a comunicarse” y “La Orden de los Caballeros de Malta”. Sin desatender por eso sus inquietudes de crítico literario, materializadas en otro libro publicado en 1960, “El teatro de Juan Bautista Alberdi”.

Incluso los desvelos del severo investigador y doctrinario jurídico, tampoco anularon al novelista de “La tragedia de San Carlos (1948), al comediógrafo de “Amancay” (1948), al poeta de “Amante que está solo” (1965), ni al posterior ensayista de “Literatura y ciencia” (1966), tema este al que aportó nuevas consideraciones en un extenso artículo aparecido en La Prensa el domingo 13 de agosto de 1989 y en modo previo en otros varios dados a conocer en el diario a partir de noviembre de 1987 en los que abordó la “República de la ciencia”.

La nota de 1989: “Literatura científica en el nuevo renacimiento”, entre enfoques al ideario de Carl Sagan, Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, destaca su amistad con el visionario creador británico de “Cita con Rama”, “Voces de un mundo distante” y “Odisea en el espacio”. Antes, en 1983, y a poco de que un avión de pasajeros de Corea del Sur fuera alcanzado por un misil ruso al ingresar al espacio aéreo de la superpotencia comunista, sospechado de ser un avión espía, el embajador Cocca fue consultado como autoridad mundial en las materias de Derecho Aeronáutico y Espacial sobre la normativa aplicable frente a la tragedia y las posibles consecuencias de política internacional a suscitarse.

Como forma de sintetizar su postura sobre el siniestro para dar respuesta a los diversos medios gráficos y televisivos que lo reclamaban, dio a conocer asimismo en La Prensa la colaboración titulada “Diplomacia del holocausto”, el jueves 22 de septiembre de 1983. Luego de dejar abierta la posibilidad que los Estados Unidos estuvieran practicando actos de espionaje en la zona donde la aeronave resultó abatida, algo a su entender tan criminal de comprobarse ya que ello costó la vida de inocentes, como el propio ataque de la URSS, epilogaba asumiendo que “el juicio prudente, hasta ahora, no puede ir más allá de la resolución de la Organización de Aviación Civil Internacional, en cuanto deplora profundamente el derribamiento del avisón surdcoreano y exige una investigación prudente del hecho. Cuando se halle la “caja negra”. Ésta debe ser puesta en manos de juzgadores imparciales, así como toda la prueba de este holocausto”

Aldo Armando Cocca, concibió en 1966 la Fundación Casa de la Cultura de Córdoba, la que se constituyó al año siguiente con sede en la Avenida Vélez Sarsfiel, en el barrio Las Flores de la Ciudad de las Campanas, en el restaurado hogar de arquitectura colonial de sus mayores. Para ese ámbito formativo, declarado el 25 de noviembre de 1991 de Interés Turístico Nacional por la Presidencia de la Nación, donó su biblioteca especializada en aeronáutica, astronomía, cartografía celeste, ciencias del espacio, antropología, lingüística, folclore, literatura infantil, etcétera.

cocca2.jpgY lucen esos anaqueles junto a una hemeroteca, una mapoteca y abundante cartografía geográfica debidamente clasificada, una colección numismática y otra filatélica. Además la Fundación posee un observatorio astronómico, una sala de conciertos, una galería de artes pláticas, un teatro de títeres, un microcine, una sala de conferencias y otra de exposición de progresos de la ciencia. Y algo no menor y no común en la sedes de las ONG: un oratorio.

Mal puedo en los renglones finales no volver hablar en primera persona aunque debería aceptar un reciente consejo del escritor Juan Cruz, que objeta su empleo en el periodismo. Desoyendo entonces al español confieso que releí estos días una generosa carta que me envió Cocca en marzo de 1982, juzgando con demasiada benevolencia algún poemario que le envié. Y que me es grato transcribir al menos el primero y el último párrafo de esa correspondencia, porque pintan de cuerpo entero al hombre de corazón que fue, ajeno a toda postura olímpica y dado a brindar espaldarazos a los jóvenes como yo lo era entonces: “Recibir la obra del hijo de un querido amigo es recibir la obra del amigo, renovada con la lozanía y el afecto cálido de la juventud” (…) Recuerda que en Córdoba existe una Casa de la Cultura, que tiene abiertas todas sus puertas para los Romero Sosa”.

Si no alcancé a imaginarla así en su momento, siento ahora al enterarme de su muerte que su allí ofrecida amistad sería para mí una de las mejores y más duraderas herencias paternas.

Carlos María Romero Sosa, abogado y escritor
camaroso2002@yahoo.com.ar

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