La presentación se dio con motivo del 135° aniversario de la Rerum novarum, la primera encíclica sobre la doctrina social de la Iglesia Católica firmada por León XIII el 15 de mayo de 1891. En el nuevo documento, el papa aseguró que en plena era digital es necesario desarmar la IA y superar la teoría de la «guerra justa», relanzando el diálogo y el multilateralismo.
El máximo líder de la Iglesia Católica aseguró que ahora esta teoría está «desfasada», al afirmar que la fuerza militar sólo puede usarse para la “autodefensa en el sentido más estricto”. También aseguró que la “prueba de fuego” para la justicia social es el trato a los migrantes y refugiados y ofreció una disculpa por la participación de la Iglesia en la esclavitud y el retraso en denunciar ese flagelo.
Advirtió que la humanidad se encuentra en una situación nueva en la que «el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo».
Por lo tanto, «es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico».
Además, advirtió que el uso de la “fuerza, la violencia y las armas” en última instancia “tiene consecuencias desastrosas» para las poblaciones civiles. “La construcción de un mundo en estado de conflicto perpetuo es un mal y debe ser nombrado como tal”, escribe el papa, y añade que “la humanidad posee herramientas mucho más eficaces y capaces para promover la vida humana y resolver conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón”.
«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos», son las primeras palabras del documento dividido en cinco capítulos. No se trata de un tratado técnico ni una condena a la tecnología.
Según el escrito, «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne».








