Martel llevó a Venecia la voz de indígenas argentinos a través de su documental «Nuestra Tierra», partiendo del juicio a los sospechosos del asesinato de Javier Chocobar, ocurrido en Tucumán en 2009 en el seno de la comunidad Chuschagasta.
En una rueda de prensa denunció «el racismo» como «un problema muy profundo y un gran escollo en la cultura argentina», por lo que decidió investigar para «tratar de entender cuál es el origen, qué es lo que permite a un ser humano sentirse legitimado para sacar un revólver y disparar a unas personas».
Alentó a asumir riesgos
Frente a la prensa de la Mostra, Martel hizo un llamado a los jóvenes y a sus colegas realizadores a no ceder. “Solo quiero decirles que la historia nos ha puesto en esta encrucijada. Yo ahora hubiera querido jubilarme, estar en la playa… Pero no nos ha tocado este tiempo”, expresó.
Luego denunció que “a diario vemos imágenes y sonidos de Palestina, un país que está siendo devastado, un pueblo devastado”. La directora de La ciénaga enfatizó que es “el mejor momento para hacer cine” y “el bastión más importante que tiene la humanidad para pensarse a sí misma”, instando a sus pares a mantener “la alegría del trabajo de contar” frente a la incertidumbre generada por la inteligencia artificial y los desafíos del presente.
Nuestra tierra, que se presentó fuera de competencia y fue realizado a lo largo de 14 años, aborda el brutal asesinato de Javier Chocobar, líder de la comunidad indígena Chuschagasta, ocurrido en 2009 en Tucumán. Chocobar fue asesinado a sangre fría mientras defendía las tierras ancestrales de su pueblo frente a un intento de desalojo por parte del terrateniente Darío Amín.
Martel relató que la génesis de la película fue un video del crimen que vio por casualidad, una experiencia que la impulsó a “investigar, contactar con la comunidad, consultar los documentos, seguir el juicio”. Su objetivo, explicó, era comprender “qué lleva a una persona a justificar tomar un arma y matar a otro ser humano”.
El filme, originalmente titulado Chocobar en su etapa de desarrollo, se nutre de archivos, documentos judiciales y testimonios para reconstruir el conflicto territorial, mostrando cómo el lenguaje y las estructuras burocráticas argentinas han contribuido a la negación de derechos de los pueblos originarios.
La directora describió la película como una obra que aborda “los mecanismos racistas de nuestra lengua materna, que niegan a muchos el acceso a un espacio vital”. «Estado de impotencia» Además de la denuncia política, Martel aprovechó la plataforma de Venecia para reflexionar sobre los límites del cine contemporáneo. Criticó lo que consideró un “estado de impotencia” donde las narrativas se restringen a identidades específicas (“las mujeres tienen que hablar de las mujeres, los indios de los indios”).
La directora instó a sus colegas a “asumir el riesgo de conversar con los otros” y de ir más allá de las fronteras temáticas y creativas impuestas. El estreno de Nuestra Tierra marca el regreso de Martel a un largometraje después de casi ocho años de la aclamada Zama (2017).









