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Cristales rotos

Juicio de lesa humanidad: El terror contado por una niña

María Nelly Yañez tenía 10 años cuando vio a su padre “llorar desbordado”. Rubén Yañez Velarde, empleado de la empresa Aguas y Energía, militante del Sindicato de Luz y Fuerza y del Frente Revolucionario Peronista (FRP), que acompañaba a Miguel Ragone desde las elecciones del 73, regresaba a su casa después de una semana en la Central de Policía, bajo los designios del jefe de Seguridad, el comisario Joaquín Guil, quien está siendo juzgado ahora por este hecho, igual que el entonces jefe de la Policía, Miguel Gentil.

María Nelly tiene hoy 50 años pero ayer, al declarar ante el Tribunal Oral de Salta en el juicio por el secuestro y asesinato de su padre, trató de contar aquellos momentos con los ojos de la niña que entonces era. Una niña que en aquellos momentos solo estaba habilitada a obedecer las decisiones de sus mayores, y a sufrir las consecuencias del terrorismo estatal desatado antes del golpe del 24 de marzo de 1976.

Aquél día por la puerta entreabierta vio a su padre en los brazos de su madre, Nelly, y escuchó palabras desconocidas: “Flaquita, me picanearon; Flaquita, tengo miedo; Flaquita, me picanearon”. María Nelly recién iba a entender esas palabras a los 20 años, porque tras la desaparición la madre impuso un silencio “por razones de supervivencia”.

Su hermana mayor, Sandra, aportó antes otros datos: cuando el padre “se bañó y se quedó con una toalla pudimos ver marcas de picana”. “Estaba muy asustado. Muchas veces no se podía mantener un diálogo coherente con él”, recordó. Y había comenzado a fumar, muchísimo. La ropa que traía de la Policía estaba “inmunda, hedionda, con bichos”, aun así “lo más sockeante era su estado emocional”.
Además de tocar el piano y la guitarra de oído y de componer poemas, Yañez Velarde era buen deportista, jugaba al fútbol en el Club Libertad, del cual era presidente Ragone. Fue así como entró en la política, y así terminó perseguido por las patotas policiales que salieron a cazar a todos los militantes cercanos al ex gobernador.

El martes 21 de abril su sobrino, Ariel Yañez, compañero en Luz y Fuerza y en el peronismo, contó que por otro compañero de trabajo, Germán Lozano, supo que su tío estaba detenido en la Central. Buscaron al secretario general, Normando Arciénaga, y fueron a reclamar por él. Los atendió Guil y les dijo que estaba “muy comprometido” porque en su casa, en el barrio Portezuelo Norte, habían encontrado “documentación de carácter subversivo”. Después de discutir, les permitió verlo con la condición de que le transmitieran un mensaje: debía dar los paraderos de Armando Jaime, Juan Carlos Salomón, Alfredo Mattioli y Aníbal Puiggione, militantes del FRP.

Yañez Velarde respondió que “no se iba a prestar a eso” y que “además no conocía esa información”. Yañez sobrino y Arciénaga trataron una vez más de convencer a Guil de que estaba equivocado y al final se retiraron, luego de que el secretario general le advirtiera de que lo harían responsable si le pasaba algo al detenido.

Yañez Velarde recuperó la libertad pero salió muy lastimado: en palabras de María Nelly, que hasta entonces tenía una figura paterna fuerte y de gran autoridad, “ese no era ya mi papá”.

Para escapar al acoso policial y a las amenazas de muerte, Yañez Velarde se fue a Córdoba, pero regresó a acomodar sus cosas y dejar a su familia algo de qué vivir mientras él partía al exilio. En eso estaba cuando fue secuestrado, la noche del 8 de noviembre de 1975.

Nada se supo de él hasta que el 16 de febrero de 2012 el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó sus restos en una fosa común en el Cementerio Viejo de Yala, Jujuy. Así se supo que fue asesinado el 11 de noviembre de 1975, aplastado por un vehículo, “ni un hueso estaba sano”, y luego le dispararon un tiro en la cabeza, recordó Sandra. Para María Nelly, aquella niñita que había crecido esperando el regreso del padre, aquel 16 de febrero recibió “la peor noticia” porque en su desesperación prefería encontrarlo loco en un siquiátrico o con una nueva familia, antes que muerto. Tanto esperaron al desaparecido que aun después de comprobada la muerte, Sandra se encontró repitiendo la ya costumbre de buscar algo familiar en los rostros de los mendigos.

“Dependía de esa

bestia llamada Guil”

El testigo Ariel Yañez responsabilizó ayer al ex jefe de Seguridad de la Policía, Joaquín Guil, por la muerte de su tío, el militante peronista Rubén Yañez Velarde, secuestrado y asesinado en noviembre de 1975.

“Estaba completamente seguro de que (la libertad de Yañez Velarde) dependía de esa persona, de esa bestia llamada Guil”, sostuvo Yañez al declarar en el juicio por delitos de lesa humanidad que se lleva a cabo en esta ciudad.

En 1975 Yañez era secretario de Servicios Sociales del Sindicato de Luz y Fuerza. Para afianzar su relato, recordó que cuando con el secretario general de su Sindicato, Normando Arciénaga, fueron a pedir por su tío ante Guil, en la Central de Policía, “vino una patrulla, un grupo de policías, dijeron que en San Lorenzo tenían rodeados a determinadas personas, y le pedían instrucciones y él les dio la orden: ‘no los quiero vivos’. Entonces estoy seguro de que por las manos de ese señor pasó la vida de mi querido tío”, sostuvo.

Los militantes peronistas tucumanos René Esteban Locascio Terán y Ramón Antonio Díaz Romero fueron asesinados el 20 de abril de 1975 en San Lorenzo.

  • Informe: Elena Corvalán

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