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La izquierda descontextualizada

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La posición de Pino Solanas

La posición de Pino Solanas

Hay un viejo chiste de la tira cómica Mafalda, de Quino, donde uno de los personajes, ante la aparición de cualquier problema cotidiano, dice: “la culpa la tiene el gobierno”. Un sector de la izquierda en la Argentina se parece un poco a ese pequeño personaje de Mafalda.


Le asigna la culpa de todos los padecimientos que ocurren en la contemporaneidad al actual gobierno nacional: el aumento de la marginalidad, el fenómeno de la exclusión, la drogadicción, el deterioro de los lazos sociales, la violencia, la caída de un principio de “normalidad” en el mundo, además, por supuesto, de la presencia de alguna supuesta corrupción y de las alianzas del kirchnerismo con sectores sindicales considerados por la oposición poco propensos a una vocación verdaderamente democrática.

Ha aparecido últimamente por la red Internet un listado con las “80 razones por las cuales Néstor Kirchner no fue progresista”. Allí lo emparientan con la continuidad del menemismo y del delarruismo, con la falta de cambios profundos y transformadores, etc. Algunas de esas “80 razones…” son ciertas e irrefutables, por ejemplo, el hecho de que Néstor Kirchner haya afirmado, cuando era gobernador de su provincia, que había que achicar el Estado y que haya calificado a Carlos Menen como el mejor presidente argentino después de Juan Domingo Perón o que emprendiera algunos negocios particulares en el Calafate, etc. Pero atribuir al kirchnerismo el fenómeno de la exclusión social, el aumento de la drogadicción o la aparición de las tribus urbanas ya es demasiado y denota una falta de análisis de la realidad.

La exclusión, la drogadicción, la creciente desintegración social no pueden ser atribuibles, desde luego, al gobierno kirchnerista (que ha revertido en parte esos flagelos), sino que constituyen fenómenos que se inscriben en las transformaciones modernas y se relacionan con la fase actual de capitalismo, la tiranía del mercado como amo absoluto, la caída de los ideales modernos de equidad y justicia, la articulación estructural entre el discurso de la ciencia con el discurso capitalista, etc. A manera de ejemplo, y para que se entienda; el creciente aumento del consumo de drogas es consustancial con la lógica del mercado y sus actuales condiciones estructurales.

La aparición de las tribus urbanas se corresponde con el proceso de desinserción del sujeto y con la necesidad de una inscripción en un lugar de pertenencia simbólica, por el medio que fuere.

Precisamente, si hay algo que debe reconocerse al gobierno de los Kirchner, y a otros gobiernos progresistas de Latinoamérica, es, dentro de los márgenes de posibilidades que hoy permite la contemporaneidad, el haber tratado de reducir los efectos devastadores de una lógica de intercambios basada en la absolutización del mercado, el esfuerzo de este gobierno por reestablecer las funciones del Estado y de la política en el manejo de la cosa pública, la refutación del axioma neoliberal fatalista de que ya no era posible intervenir en un rumbo o de que había que dejar la suerte humana en manos del “sabio” mercado (como si un mecanismo autónomo se hubiera puesto en movimiento prescindiendo de las voluntades y de la participación subjetiva).

Dicho de otra manera, si hay un mérito del kirchnerismo, un progresismo, es no creer en la tesis de Francis Fukuyama del fin de la historia y en las sucesivas paráfrasis de otros pensadores postmodernos, funcionales al imperio del mercado, frases tales como el fin del sujeto, el fin del trabajo, etc. que pretendían declarar la impotencia del discurso político. Eso es lo progresista del kirchnerismo, no si da o no da el 82 % móvil a los jubilados desfinanciando el Estado.

Pero ese sector de la izquierda antikirchneista tiende a situarse en un eterno presente como si aquí no sucediera nada y el ser humano fuera exactamente el mismo a través de todas las épocas, es decir, como si la subjetividad no sufriera transformaciones o la concepción del mundo no experimentara cambios. Utilizan análisis simplistas, ceñidos al presente de la cocina partidaria lugareña, a las urgencias circunstanciales y a las disputas de los espacios de poder inmediato.

Hablan de cambios estructurales ideales, creen todavía en una revolución desde concepciones románticas, sin considerar las condiciones actuales de una realidad donde los cambios más radicales y profundos, cuyos vastos alcances inciden en la vida de todos, tienen que ver con un desencadenamiento del mundo a partir del desencadenamiento del discurso de la ciencia.

Ya Marx se preguntaba ¿qué son las agitaciones políticas comparadas con la invención de la máquina de vapor? Podríamos hoy preguntarnos, parafraseando a Marx ¿qué es la revolución comparada con la invención de Internet? Es que uno tiene la sensación de que un sector de la izquierda rehuye del verdadero debate y se interesa más por su pequeño kiosco personal y grupal que por el bienestar del país (¿a alguien le interesa todavía el bienestar del país?).

En otras palabras, no se plantea las condiciones de posibilidad de la gobernabilidad ni las relaciones de fuerzas en la política ni las posibilidades de maniobra dentro de un mundo signado por la dispersión, por la rotura de los lazos sociales, por la caída de lo que Jacques Lacan denominó Nombre del padre (el significante que permite un punto de abrochamiento de la realidad y un sentido), en un mundo donde pareciera no existir ya parámetros estables ni puntos de referencias a la vista. Es la idea de mundos “atonales” de Alain Badiou, la ausencia de un “significante amo” que imponga un orden en la confusa multiplicidad de la realidad.

El funcionamiento de la llamada oposición en la Argentina es una prueba de todo ello; la ausencia de principios comunes, las operaciones desestabilizadoras, las alianzas paradójicas, los engaños, las mentiras, la impudicia a plena luz del día, etc. Entonces ¿cómo se puede pedir una pureza de acción, estados ideales, a un gobierno cuando el entramado social mismo se define por el estallido de los lazos sociales?, ¿qué impediría concertar alianzas, por ejemplo, con el sindicalismo de Hugo Moyano, con el objetivo de llevar adelante un proyecto que ponga alguna barrera a la tiranía del mercado? Si en algo es progresista este gobierno es en haber tratado precisamente de establecer un cierto límite a ese desencadenamiento contemporáneo, en haber intentado reintroducir la participación del sujeto político en la vida nacional. Por eso estamos debatiendo, apasionadamente en algunos casos.

En definitiva el mundo y el país son mucho más complejos de lo que creen Pino Solanas, Altamira, Claudio Lozano y otros. Esa izquierda y centro izquierda hablan, por ejemplo, de pobreza e inequidad económica como si la solución de esos flagelos fuera resorte exclusivo del actual gobierno. Terminan de este modo desresponsabilizando a otros sectores de la vida nacional que tendrían mucho que decir y aclarar a la hora de hablarse de una mejor distribución de la riqueza, como son los ámbitos empresariales, los sectores agro-exportadores, las corporaciones, la oligarquía, etc.

Son de este modo orgánicos a los designios de la derecha. Es como en el tango: la historia vuelve a repetirse: siempre un sector de la izquierda, por un apego a sus mandatos ideales, por un supuesto cumplimiento irrestricto del “deber moral”, por una especie de incondicionalidad kantiana, termina dando una vuelta sobre su propio eje y atentando sin saberlo contra aquellos mismos valores que pretende defender.

  • Antonio Gutiérrez

    Escritor-psicoanalista

    Integrante de Carta Abierta Salta.

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