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Brasil, la derrota cultural y electoral

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El ultraderechista Jair Messias Bolsonaro fue electo presidente de Brasil para los próximos cuatro años, un resultado que consolida la ofensiva de las fuerzas conservadores en la región, y pone en jaque a las fuerzas progresistas del país, que de ahora en más deberán centrarse en la resistencia y en la reconstrucción de partidos y movimientos sociales.


No hubo milagros y prácticamente se repitieron los guarismos de la primera vuelta: la imposición del imaginario colectivo desde los sectores de la derecha fue contundente antes de la primera vuelta presidencial, y cuando el progresismo reaccionó, se encontró desvalido en medio de una guerra para la que no estaba preparado.

No se trata de una derrota electoral: eso no sería tan grave, sino de una derrota cultural que comenzó a salir a la superficie desde el inicio del segundo mandato de Dilma Rousseff. Y, aprovechando esa derrota e impedir que Luiz Inácio Lula da Silva fuera presidente de Brasil por tercera vez, la derecha brasileña y el poder fáctico optaron por destruir al país, sin importarle las consecuencias, con el apoyo militante, mediático (y financiero) de las iglesias evangélicas, en especial las pentecostales.

Las evangélicas se convirtieron (ante el repliegue de la Iglesia Católica y de su opción por los pobres) en un aparato político -no solo en Brasil sino en varios países de Latinoamérica y el Caribe-, eficaz no solo por la acción cotidiana y persistente de sus pastores-agitadores y la difusión mediática de sus mensajes (son propietarios de la segunda red de televisión del país, la Record) sino por su incidencia en el sector más conservador brasileño.

Este sector (se calcula en un 30% de la población), está arraigado en los sectores más atrasados incluso del sector popular y ha mostrado, a la largo de las últimas dos décadas, preferencias políticas inestables, ya que desde principios de siglo apoyaron al PT (y se mantuvieron allí gracias a las políticas sociales de sus gobiernos), y ahora cortaron sus amarras y respalda a Bolsonaro, gracias en parte a la campaña de la prensa hegemónica que atribuyó la enorme corrupción del país solo a los trabalhistas.

También puede inferirse que el crecimiento del bolsonarismo en las periferias es fruto del golpe de 2016. El lulismo fue incapaz de promover cambios estructurales y la agenda de austeridad del gobierno de facto de Temer profundizó la exclusión. La violencia estructural –el racismo, la discriminación de clase, el patriarcado anclado en la figura del supermacho- y la presencia de la iglesia, del narcotráfico y de la policía siempre fueron los modelos preponderantes junto –claro está- con las prácticas cotidianas de resistencia, creatividad, amor y reciprocidad, señalan las investigadoras.

Qué puede ocurrir

Lo que puede ocurrir en el Brasil de 2019 es algo peor que la dictadura de 1964, porque esa fue resultado de un golpe castrense que derrocó a un presidente constitucional, nacionalista y popular, Joao Goulart. Ahora, los herederos de la dictadura llegan a través de las urnas al poder, obviamente tras el sacudón del golpe policial-judicial-parlamentarrio con apoyo militar de 2016.

Jair Messias Bolsonaro dice que el error de la dictadura fue no haber matado y desaparecido tanta gente como lo hizo Augusto Pinochet en Chile. Adriano Diodo, ex presidente de la Comisión de la Verdad, señala que el surgimiento de Bolsonaro muestra que la dictadura venció la batalla ideológica gracias a la amnesia dictada por los medios y la impunidad dada por la ley de Amnistía decretada en 1979 por el general dictador (y exjefe del servicio secreto) Joao Baptista Figueiredo, que sigue en vigor.

Según Temer, “la transición comenzará el lunes o el martes” y los integrantes de su Gobierno pondrán a disposición del presidente electo “toda la información necesaria”.

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Pese a la tardía remontada del candidato del PT Fernando Haddad en la última semana, su comando de campaña sabía que el “milagro” era difícil de construir en tan poco tiempo, después que su partido perdió mucho tiempo confiando en que el gobierno de facto permitiría a Lula participar en la contienda electoral.

Las palabras de Bolsonaro no dejan margen a ninguna duda, transparentan sus intenciones y su personalidad homofóbica, misógina, xenófoba, de odio a los negros, a los pobres, a los campesinos sin tierra, a los pobladores sin techo. A pesar de todo eso, muchos de ellos votaron por él.

La izquierda descuidada

¿Quién nos salva de los salvadores de la Patria? Se pregunta el catedrático y periodista Gilberto Maringoni, quien señala que cada 30 años aparece uno, abrazado por los medios hegemónicos, en medio de la crisis. En 1960 fue la tragedia con Janio Quadros, en 1990 la farsa de Collor de Mello, y en 2018 Bolsonaro, tragedia y engaño al mismo tiempo y mezclados.

Son aventureros irresponsables y rabiosos, con un discurso monocorde: barrer la corrupción, terminar con los robos. Todos presentan soluciones simples para problemas complejos, todos seducen a los incautos, todos tienen seguidores casi fanáticos, que no oyen voces diferentes. Los dos primeros llevaron al país al borde del abismo. El tercero dará un paso al frente, agrega.

Entonces, no sorprende que la izquierda brasileña no se dio por enterada de que en el mundo se imponía un nuevo tipo de guerra y redujo su accionar a la denuncia permanente, generalmente desoída e invisibilizada.

Este tipo de campañas, habituales en las democracias formales, junto al uso de los perfiles de los usuarios de redes sociales para manipular la opinión pública, ya había sido usada en la campaña de Barack Obama antes que en la de Donald Trump.

Uno de los problemas mayores de la izquierda (no solo la brasileña, claro) es su endogamia: sus mensajes van dirigidos a los ya convencidos. Incluso se busca solidaridad internacional, como si lo que escribiera un notable intelectual del exterior pudiera influir en el imaginario colectivo y sustituir toda la basura informativa lanzada por los medios hegemónicos y las llamadas redes sociales.

El pensamiento crítico no aparece por arte de magia: precisa lectura, reflexión, debate… hay que cultivarlo. Y hay que reinventar las formas de intervención, sin olvidar que aún en estas guerras cibernéticas, la confianza personal, el trabajo de base, de alfabetización política, determina la posibilidad de sumar

El zig-zag del fake-candidato

En las últimas semanas Bolsonaro tuvo un recorrido sinuoso y un significativo vuelco, sobre todo luego de conocerse las declaraciones de uno de sus hijos, quien recordó que para cerrar la Corte Suprema del país no se requería más que un soldado y un cabo, luego de asegurar que mandará a los “rojos” (del PT y sus aliados) a la cárcel o al exilio y decretará que movimientos sociales sean considerados grupos terroristas.

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Las declaraciones de Paulo Guedes, su “futuro” ministro de Economía, habían encendido luces de alarma, incluso en el establishment, sumándose a sus propias idas y venidas en sus proyectos económicos, lo que demostraba que no había proyecto de país. Pero eso no era importante para él, a sabiendas que el modelo se lo iban a imponer desde afuera.

La mentira y la verdad requerida

Brasil se llenó en los últimos dos meses de fábricas de mentiras, que utilizaron la data y los perfiles, que los mismos usuarios proporcionaron a las megaempresas y son vendidos –por ejemplo por Facebook- para que empresas nada éticas como Cambridge Analytica los usen para las campañas de whatsapp, tuit, y otras redes sociales.

Estos servicios, develó la misma prensa hegemónica, eran pagados por el llamado poder fáctico, los empresarios que se beneficiarán con las mentiras propagadas y prepagadas. Hoy las guerras se producen tras la propagación de mentiras, como sucedió en Libia y Túnez, en Irak, Afganistián, Egipto y Siria, ahora en Yemen y Venezuela. Construyen la “verdad” requerida por Estados Unidos y sus socios transnacionales y locales.

Rematar la Amazonia

El frente más poderoso del Congreso –la bancada del ganador-, que reúne a latifundistas, grileiros (criminales que se apropian de tierras públicas a través de sicarios), representantes del agronegocio y parlamentarios conservadores ha tenido con el gobierno de facto de Michel Temer un papel muy activo en el avance sobre las áreas protegidas de la Amazonia.

La intención de Bolsonaro, amparado en la bancada mayoría es la de transformar las tierras indígenas y las áreas de conservación, hoy las principales barreras contra la devastación y deforestación de la selva, en pastizales para ganados, plantaciones de soja y extracción mineral. Obviamente apoyan a Bolsonaro, que sumará 52 diputados a la bancada, y ya anunció la fusión del ministerio del Ambiente con el de Agricultura, en menos de un representante de la bancada del ganado.

El ultraderechista habló de limitar las multas ambientales, que terminará con el “actiovismo chiíta ambiental”,anunció que no habrá más tierras para indígenas y que éstas se podrán vender. Su concepto de democracia es original: “las minorías tienen que inclinarse ante la mayoría” o “simplemente desaparecer”.

Poder copado

El Ejecutivo está en manos de usurpadores y el poder Judicial está copado por magistrados relacionada ultraderechistas (muchos de ellos propuestos por el PT), que promovieron la censura previa, prohibieron el libre debate y suspendieron incluso, en los dos últimos días de la campaña, la libertad de reunión y de opinión en varias universidades, el secuestro de material y suspensión de sus actividades académicas con las comunidades. Y a ellos se suman los militares, en actividad o retirados (ahora hasta parlamentarios).

El Tribunal Supremo Electoral, convertido en cuartel general del bolsonarismo, fabricó órdenes para favorecer al candidato ultraderechista mientras ordenaba mantener la propaganda calumniosa contra Fernando Haddad, donde lo califican de pedófilo. Una forma de ajusticiamiento que quizá usen las milicias verdes bolsonaristas de ganar las elecciones, para dejar fuera de combate a las personas que piensan diferente.

Hoy, los dos meses que separan de la asunción del nuevo presidente marcarán el paso de la política y el futuro del Brasil. Y da la oportunidad de que el movimiento antifascista, progresista, de izquierda, que comenzó a diseñarse desde las bases sirva para la reconstrucción del espacio popular, de la mano de los movimientos sociales. La construcción siempre se hace desde abajo: lo único que se construye desde arriba es un pozo. Este pozo.

Aram Aharonian
Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).

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