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Por el honor del “justo juez”

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jpg_Justicia2-2.jpgEs mi criterio que el problema no está en los jueces, que mal que mal no son tan estúpidos como parecen. El mal está en los auxiliares de la Justicia, como ser sicólogos, siquiatras y asistentes. Los jueces les creen a ellos. Y ellos creen que se las saben todas.
Yo, como buen católico, he aprendido que el único pecado que no perdona Dios es la soberbia. Y esos sicoanalistas de pacotilla que la mayoría ha comprado su título en la Católica, al respecto de una ética o una moral, parece que son muy estudiados, pero poco leídos. Puedo fundamentar estos conceptos con muchos ejemplos abrevados en los pasillos de Tribunales.


Con profundo dolor he leído la nota que firma vuestra periodista Victoria Quintana. Primero, porque me afecta directamente no sólo a mí, sino también a mi familia, constituida en este momento solamente por mis dos hijas. Sé que ellas tendrán que enfrentar, sin tener explicaciones, las ironías de sus compañeras en el Bachillerato Humanista. Las que más allá de las clases de latín y griego que reciben en esa egregia institución ignoran, como ignora la mayor parte de la ciudadanía, cuáles son los mecanismos o el desgaste de los mecanismos que deterioran o desvalorizan el accionar de nuestra Justicia, así, con mayúsculas.

Debo aclarar, para que entiendan que no escribe un paz guato, que el promedio general de mi carrera de Derecho es de Ocho setenta y cinco. Que mi padre me regañó cuando vió el certificado analítico de mis materias, entendiendo que con su ejemplo y la formación moral que nos proporcionó debería haberme acercado al máximo de las calificaciones en la Alta Casa de Estudios a la que mi formación profesional había sido encomendada.

Lo he tenido que comprender, él era un tendero. He sopesado los sufrimientos de sus padres viniendo en un barco a una América imprecisa que no tenía lugar en los mapas, entre la malaria y los controles sanitarios de Marsella, donde mi primera abuela quedó retenida por encontrarse padeciendo de tuberculosis. Los primeros tiempos de humillación en una provincia donde tenían la absolutez del mando las familias acomodadas que en las provincias del norte denominan como “Cholos”, y donde el solo hecho de ser un inmigrante significaba hacerse cargo de todas las transgresiones y todas las sospechas.

Mi segunda abuela fue la hija de un terrateniente de las selvas de Embarcación, de cuya herencia mi abuelo, haciendo gala de la honradez de los pueblos que deambulan en el desierto, no aceptó ni un acre, ni un peso. Sin embargo, y en la memoria de mi pobre padre, mi conducta profesional y cotidiana ha sido, como él quería, “de Diez”. Sabemos por las lecturas de Tartufo y de Raymundo Lullio, que un medio mediocre a esas cuestiones no las reconoce. Quienes hayan leído la obra magna de José Ingenieros, “La simulación en la lucha por la vida”, habrán de darme la razón. Digo yo: ¿de qué pudo haberme valido?

Muchas veces reniego de la invalidez de la condición humana, de la ausencia de cultura y más de la ausencia de valores. A veces, en la incertidumbre de un hombre que quiere cambiar el mundo, muchas noches me pregunto dónde está Dios. Y al amanecer lo encuentro. Cuando el canto del zorzal a los pies del amanecer de Tres Cerritos me despierta con una algarabía que dice: “¡Arriba soldado, despierta!”

Cuántas veces, renegando por una herida circunstancial que me he provocado con la hoja de afeitar, he reaccionado positivamente al recordar los estigmas de Nuestro Señor en la Cruz del vil romano. O las llagas de San Lorenzo en la parrilla, ante los doctos de la Santa Inquisición; cuando todos creían que iba a rendirse y a blasfemar de sus creencias, los sorprendió diciendo: “Ya estoy listo de este lado, ahora dénme vuelta.”

Y aquí es donde considero que vuestra Victoria Quintana pueda estar equivocada. Quizá tenga razón en sus conceptos éticos sobre la vanidad de ciertas juezas a quienes no voy a defender porque bien que las conozco. Hablando en criollo, se creen que tienen a Dios de los testículos, suponiendo que el Supremo Arquitecto los tuviere. A veces he sentido vergüenza ajena sintiendo cómo se expresan de las pobres gentes que sin conocerlas acuden a ese edificio gris, espantoso y monumental exigiendo justicia. Al igual que los militares del Proceso, los tratan como perejiles. Gentecitas pobres que no tienen ni a Dios que los ampare. Menos un pariente influyente, ni un tío Concejal.

Pero yo pregunto, ¿Victoria Quintana tiene derecho a implicarme a mí, que muchos de mis coetáneos saben estoy pasando momentos dificilísimos por una cuestión familiar a la cual me es imposible ponerle coto, cuando se refiere a los crímenes de la llamada Ciudad Judicial?

Creo que ella no conoce de cerca, como lo conozco yo, los vericuetos de la inmoralidad con la que un Juez tiene que convivir en ese edificio que la jerga popular ha bautizado como “Ciudad Gótica”. Cuando le pregunté a un colega a qué se debía semejante apelativo, me contestó que: “Es obvio, porque está llena de delincuentes”.

O sea que la gente lo sabe, pensé yo. En un curso de Forense aprendí que el científico Freud hablaba de la relación del chiste con el Inconciente. Siempre hay un fondo de verdad, según él, en las expresiones populares que circulan por ahí, aunque no se estacionen en ninguna parte.

Después que me recibí, lavé vajilla en un restaurante de San Lorenzo, soportando incluso las pullas de otros condiscípulos más favorecidos económicamente. Más, al igual que mi padre rechazara los acres de un suegro alemán terrateniente que era prácticamente dueño del Bermejo, yo rechacé de plano las ayudas de mi padre. Así aprendí de abajo, siempre en sentido ascendente pues no soy un renegado de la vida.

En estos momentos estoy en transición, es decir, me estoy retirando del Poder Judicial. Como un buen luchador que soy, estoy volviendo al llano. Gracias a la nota de vuestra periodista un luchador incólume por la justicia va a retirarse con una mancha. Creo que no tiene razón. Aunque todos los jueces estuvieran sobornados por un Poder Político Corrupto y generalizado, aunque ese soborno se apoye en haberles construido un castillo gris y anodino que huele a nada, no puede, por una afirmación irresponsable, salpicar con esa mancha aunque sea a un solo juez que no se corresponda con sus teorías filantrópicas sobre la salvación del ser humano. En este caso a mí, que tanto he luchado.

En nombre de mis hijas, cuya madre está lejana y prácticamente las ha abandonado siguiendo las señales de un amor tan ilusorio como irresponsable, le pido que reflexione. No pretendo defender a las “histéricas con título” que nunca fueron sometidas a pericia porque eran esposas de un ministro. Están, existen, es lo que hay. Pero por favor, no generalicemos.

Autor: David Carlos de la Vega

derechoda@hotmail.com.

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