Controlaba que el humo no fuera demasiado espeso, para confundirlo a esa hora con la humareda de un próximo asado, lo que hacía más lenta pero más segura la quematina. Mientras iba redescubriendo las líneas que el fuego resaltaba primero y hacía desaparecer después, en volutas azules y carbonadas, una angustia asfixiante lo oprimía, mezclada con vergüenza, con lástima de sí mismo, con dolor por su país.
Una noche, despertó sobresaltado: el rugido de un motor frente a su casa, la potente luz de los faros filtrándose por las cerradas hendijas de la persiana que daba a la calle, lo aterrorizó. Levantó mínimamente la cortina para espiar por los intersticios, desde la oscuridad de su cuarto hacia afuera: un auto que bien podía ser un Ford Falcon, atravesado en la calle, apuntaba sus faros cegantes hacia su casa. Desesperado, corrió hacia el baño y mientras rompía los papeles celosamente guardados para arrojarlos por el inodoro, temblaba. Sintió luego el motor que se alejaba, entre juveniles gritos borrachines. Suspiró, secándose el sudor.
Cuando pudo dormirse nuevamente, soñó que una jauría de perros lo atacaba. Se defendía con desesperación, los filosos colmillos desgarraban su cuerpo, laceraban las manos con las que pretendía protegerse. Soñó entonces que estaba soñando, que la terrífica jauría era sólo un sueño, que él estaba durmiendo en el cuarto de su infancia, y que al lado dormía su madre; pudo sentir su respiración, rozar el brazo terso al que se aferraba cuando le permitían dormir en la cama grande, percibir el olor suave que emanaba el dulce cuerpo materno.
Nada podría pasarle. Ahora durmió con placidez, la respiración acompasada. Se dijo entre sueños -sin sorprenderse que dejaba de ser niño- que mañana terminaría la tarea. Podría entonces viajar, reencontrarse con su mujer, con su bebe, con la vida.
Los furiosos golpes en la puerta lo despertaron.








